La niña y el ciervo

Una niña cuyo nombre no se sabe se encontraba caminando sin rumbo por un denso y vibrante bosque cuando de repente escuchó el chasquear de unas ramas. Con cierto miedo, se volteó a mirar y se encontró frente a frente con un ciervo de ojos marrones. Ambos, quedaron paralizados en medio del silencioso bosque mirándose fijamente.

-Niña, ¿por qué andas sola por el bosque? – preguntó el ciervo rompiendo el silencio

-¿No lo sabes tú? – respondió ella

-¿Y yo por qué debería saberlo? replicó 

-No sé, -dijo la niña-  estás hablando conmigo sin palabras a través de mi mente, ¿no tendrías entonces que saber qué hago aquí? ¿es que no lees las mentes?

El ciervo sorprendido de tal mala actitud se echó una carcajada y se dio la vuelta para marcharse

-Oye!!! -Gritó la niña con fuerza – No te vayas. Por favor, no me dejes…

El ciervo la miró con ojos dulces y se quedó a hacerle compañía. Caminaron juntos durante un largo rato por el bosque hasta que de repente la niña quedó congelada en el sitio.

-¿Qué te pasa niña? – dijo con preocupación el ciervo 

-No lo sé, no puedo moverme – dijo ella con desesperación

El ciervo caminó rodeándola y se dio cuenta que había quedado enredada con las raíces de un gigantesco árbol.

-¡Ayúdame por favor! -gritó la niña

El ciervo con desesperación empezó a cabecearla con su cornamenta, pero no lograba liberarla. Siguió y siguió y cada vez la golpeaba con más fuerza sin conseguir nada. La niña, ansiosamente le reclamaba ayuda y el ciervo continuó hasta que se dio cuenta que estaba lastimándola fuertemente con sus cuernos, e instantáneamente paró. 

La niña ensangrentada siguió llorando atrapada en esas raíces, y muy asustada y enfadada le pidió que por favor no la dejara sola, que siguiera ayudándola. 

El ciervo muy agotado tomó algo de distancia, calmó su respiración y luego le dijo:

-Niña, yo te acompañaré y te guiaré si así lo necesitas, pero no te empujaré más, pues empujarte solo hará que lastime tanto tus piernas que nunca más andarás por tus propios medios, y tú, dulce niña, no quieres eso. Me mantendré a tu lado hasta que salgas de ese embrollo, confía en ti, tú puedes.

La niña lo miró con enfado, pero en su interior comprendió que si él seguía ayudándola de la manera que ella reclamaba, destrozaría sus piernas, así que se secó las lágrimas, cogió aire y comenzó a ocuparse ella misma. El ciervo desde lejos la observaba con paciencia y la niña tras varios intentos logró deshacerse de las raíces.

Se dice que la niña ascendió hasta la cornamenta del ciervo para besarla en señal de gratitud y empoderamiento. Y anduvieron por el bosque como verdaderos compañeros de vida en libertad.

Olibama Hernández

Una respuesta a «La niña y el ciervo»

  1. Avatar de Francisco
    Francisco

    Precioso, qué bonito escribes y qué mensajes tan profundos albergan tus palabras. Gracias de corazón, me hacía falta leer esto hoy.

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