Cuenta la leyenda que un día un samaritano de un pueblo humilde oraba al cielo pidiendo clemencia. De repente, un fortísimo trueno irrumpió en el calmado pueblo, pero el samaritano se quedó en pie, sin moverse, confiado en que ese sonido era la respuesta a sus plegarias.
—¡Oye! ¿Quién eres? ¿Por qué te pido clemencia y me das esta contesta?
—Yo soy el resultado de tu pregunta —sonó con cierto eco…
—¿Pero si te estoy pidiendo clemencia, cómo es que irrumpes en la tranquilidad de este pueblo con tremendo ruido?
—Yo soy el resultado de tu pregunta —volvió a sonar.
Molesto, contestó el samaritano:
—¡No entiendo lo que me estás diciendo!
—Sí que lo entiendes, por ello me pides clemencia. ¿Quién soy yo para darte tal cosa?
—Pues hablaba con Dios… ¿eres tú Dios?
—Soy lo que tú quieras que yo sea.
—Pues pensaré que estoy hablando con Dios.
—De acuerdo, entonces… ¿qué es lo que no entiendes de mi respuesta?
—Te necesito, pido tu ayuda y me respondes de esta manera. Yo esperaba tus cuidados, no tus castigos.
—¿Por qué crees que son castigos?
—Un cuidado no sonaría así.
—¿Tú sabes a qué suena un cuidado? ¿Qué significa para ti pedir mis cuidados?
—Pues que me arropes y sanes mis miserias internas.
—¿Acaso crees que alguien tiene el poder de eliminar tus miserias internas?
—Sí… tú, si es cierto que tú eres Dios.
—¿Qué conoces de mí?
—Conozco que eres un ser amoroso y benevolente, y tu respuesta a mis plegarias no fue así.
—Toda respuesta que llega a tu vida es consecuencia de tu pregunta anterior. Yo no puedo darte otra cosa porque no doy ni quito nada: eres tú quien se da a sí mismo. Con lo cual, hazte esta pregunta, joven samaritano: ¿qué me estoy dando yo? Mira hacia tu interior y pregúntate: ¿qué me doy yo a mí mismo? Y espera…
Anota lo que te llegue. Sea lo que sea, ve y anótalo.
Ahora, ¿es suficiente eso que te das? Si así lo fuera, no tendrías que pedirme a mí clemencia, cuidado y amor.
Quiero que entiendas algo: ahora mismo me estás escuchando como si viviera apartado de ti, separado de ti. Pero yo soy todo, todo lo que existe y no existe a la vez, el todo y la nada. ¿Comprendes eso?
—Sí —respondió.
—Si entonces entiendes eso, entenderás que cuando te dedicas a satisfacer a los demás por encima de tu amor propio, no estás permitiendo a Dios darte clemencia, amor y benevolencia. Yo no obro fuera de ti, yo obro a través de ti. Entonces, si tú no te pones primero ante cualquier otra persona o situación, ¿estás permitiendo que yo te dé amor?
Si esto lo entiendes, ¿por qué entonces pedir mi clemencia si tú no te la das a ti mismo? Solo puedo obrar para ti a través de ti, porque tú estás hecho de mí. No hay obra que yo pueda hacer sin ti.
Olibama Hernández

Deja una respuesta