Vivir la sensibilidad

Vivir en el sentir con profundidad,
en la emoción o en el recuerdo
del aroma de aquel que proclamé mi amigo.

Vivir la sensibilidad en cada gota húmeda
que quiere escapar con frecuencia de mi mirar,
aquella que sale de mi sentir,
y que en ocasiones, prefiere esperar.

Vivir en la sensibilidad del suelo cálido por el que camino,
o aquel de espinas que dolió tanto
que subió hasta el corazón
y me dejó sin un respiro.

Vivirla al ver lo que otros no pudieron.
Vivirla al percibir a los que un día vivieron y ya partieron.

Sentirla en mi garganta
cada vez que trago saliva,
cuando intentan acallar
mi parte intuitiva.

Vivir mi sensibilidad a escondidas para encajar.
Vivirla para mí,
no sea que pedirte algo de silencio
te cueste aceptar.

Vivir la sensibilidad desde la belleza de lo sutil,
de la ternura sin fin, casi infantil.

Vivirla.
Y vivirla en mi mundo.

En ese mundo donde un día me dijeron
que era de color de rosa como una burla.

Un mundo donde existe una armonía sin lucha,
uno de colores vibrantes y sin bruma,
con sonidos que me invitan a bailar
y acepte, sin duda.

Ese mundo de color de rosa
donde no necesito hablar para que yo te resulte hermosa,
aquel que con solo mirarnos
florezca la verdad misteriosa:
quién eres, quién soy,
y lo descubramos de manera melodiosa.

Donde el aire también sea fiel,
acaricie mi piel
y se lleve consigo lo que un día fue cruel.

Ese mundo rosado
donde me siento segura
y en paz también.

Con ese mundo de color me quedo, sí,
y cuando este no me lo da,
mi mundo interior se proyecta en mí.

Y eso sucede gracias a ella,
a mi sensibilidad.

Gracias a mí por mi mundo,
porque en él soy sin más,
sin explicación, sin justificación,
tan solo mi mundo,
ese donde la sensibilidad es la raíz,
el latido,
y la flor que nunca dejo de cuidar.

Olibama Hernández

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