Así te revelas ante mí, Kwan Yin,
vestida en blanco alquimista,
coronada por velos rosados
y fulgores de amatista.
Tu palma derecha se extiende hacia mí
en un acto sagrado de bendecir.
Tu piel de nácar,
tus ojos orientales y profundos,
se cierran un instante al sonreír,
y en tus hoyuelos puedo percibir
un sinfín del sentir.
Amada Kwan Yin,
cuánta dulzura habita en ti,
cuánta benevolencia,
cuánta misericordia en ti.
Es en tu mirada donde reposa la esencia
de la compasión dormida en mí.
Amada Kwan Yin,
me bañas en la fragancia del loto eterno
y me entregas, sutil,
al umbral del cielo interno.
Tú que todo lo amas,
tú que todo lo endulzas,
tú que todo proteges,
acógeme en tu esencia.
Amada Kwan Yin, así te muestras:
entregas tu luz con gestos de seda,
con un giro sutil de muñecas,
con el delicado ladeo de tu cabeza,
y movimientos que reflejan pureza.
Amada Kwan Yin,
gracias por danzar para mí.
Amada Kwan Yin,
gracias por danzar y expandir.
Amada Kwan Yin,
gracias por conducir a la humanidad
al santuario claro de Ser sin fin.
Olibama Hernández

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