En la antesala del mundo humano
allí donde las almas aún recuerdan su luz,
dos seres se encontraron.
Uno de ellos, de ojos azules y tiernos, miró al otro con una profundidad que no pertenecía a este mundo.
No hizo falta una palabra: su sola presencia era una bendición.
Apoyó con suavidad una mano sobre el hombro del recién llegado y, con una voz tan cálida como antigua, dijo:
—Bendito seas.
El otro, de semblante sutil, respondió con un “gracias” que llevaba un temblor escondido.
Tras un silencio que parecía contener universos, confesó:
—Tengo miedo…
El hombre de ojos azules lo sostuvo con la mirada
—No temas. ¿Por qué temes? —susurró—.
Abre tu corazón. Expándete.
Nada se resistirá a ti.
Donde hay amor, no puede existir otra cosa que amor a tu alrededor.
El recién llegado bajó la mirada.
—¿Y si lo olvido? —preguntó—.
Eso es lo que temo… olvidarme del amor que soy.
Aún no he descendido, y ya temo.
Con solo imaginarlo, temo fallar.
Temo no poder.
El guía sonrió, como quien conoce un misterio luminoso:
—¿Qué crees que tienes que conseguir?
Tú ya eres.
Eres absolutamente todo.
Y aunque bajes y olvides,
seguirás siendo absolutamente todo.
Esa es la magia del Ser:
que nunca dejas de Ser.
Siempre eres.
No importa dónde estés,
ni cuántas veces te disfraces,
ni cuántos errores cometas:
tu esencia permanece intacta.
Eres un ser de AMOR,
un ser de LUZ,
vibrando eternamente en un abrazo que no se extingue.
El recién llegado tomó aire.
—Pero… ¿y si me pierdo otra vez?
El guía acercó su frente a la suya,
un gesto antiguo, sagrado,
como si sellara una verdad:
—Si te pierdes, no pasa nada.
Siempre habrá un llamado en tu interior.
Una fuerza más grande que cualquier mundo
resonará dentro de ti,
y tarde o temprano…
lo recordarás.
Ese es el juego.
Su voz se volvió más juguetona, sin perder solemnidad:
—Es como un “scape room”. Entras a jugar.
Cada uno toma un personaje.
Tienes que encontrar la llave de la puerta.
Y mientras la encuentras, te equivocas, ríes, te frustras, te enfadas,
crees tener la respuesta, te ilusionas…
y descubres que no era.
Y vuelves a intentarlo.
Así, hasta que logras abrir la puerta.
—¿Y si no la encuentro? —preguntó el recién llegado.
El guía lo miró con infinita compasión:
—Si no la encuentras, tranquilo.
El guardián del juego vendrá al final,
abrirá la puerta
y te sacará de allí.
Nada de esto es eterno.
Solo tu esencia lo es.
Tu papel será temporal.
Si encuentras la salida, celebrarás el hallazgo y disfrutarás del éxito.
Pero si no, tranquilo
que regresarás a casa.
Nadie se queda fuera.
Nadie queda perdido.
Todos vuelven.
El recién llegado respiró hondo,
como si algo dentro de él se hubiera recolocado.
Y entonces, justo antes de descender al mundo humano, comprendió:
Nada podía separarlo de lo que era.
Solo podía olvidarlo por un tiempo.
Y aun así…
sería encontrado.
Porque todo Ser, tarde o temprano,
recuerda el camino
de vuelta a casa.
Olibama Hernández

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