“Eres más oruga que mariposa” resonó un día en mi interior. Cuando eres una persona que busca con fervor expandirse, pasas por procesos de transformación tremendamente dolorosos que dan pie a un nuevo renacer.
En la jerga “espiritual” se le conoce como la Noche Oscura del Alma. Es un proceso de tiempo indefinido, una fase profunda que pertenece a otros planos de consciencia atemporales, y que puede durar desde horas hasta años en este plano.
En ella rompes contigo misma tan profundamente que, cuando comienzas a reponerte, ya no reconoces a la persona que un día fuiste.
Piensa ahora en una oruga dentro de su crisálida, que la rompe y pasa a convertirse en mariposa. Este es un proceso natural de su propia vida, un paso necesario para dar el siguiente, ¿verdad? Pues no te imaginas en cuántas crisálidas te encuentras, somos como una oruga perenne. Cuando sales de ella, irónicamente te sientes por fin ser mariposa, pero en la búsqueda de Dios nunca llegas a serlo. O, como dicen mis amados cabalistas: nunca llegas a tocar Keter. La corona parece alcanzable en una falsa ilusión, pero nunca se alcanza.
Eso es lo emocionante de ser una buscadora de la verdad: que la búsqueda es infinita, como Él mismo. Porque, si un día incluso llegáramos a Keter, al infinito mismo, y nos desprendiéramos de nuestra última crisálida, de nuestro último cuerpo, dejaríamos de tener cualquier tipo de individualidad. Con lo que tampoco seríamos mariposa, pues ya seríamos parte del todo, en una especie de nada. ¿Entiendes eso?
La noche oscura del alma es el doloroso proceso de romper la crisálida y desplegar las alas, en una falsa ilusión de convertirte, al fin, en mariposa. Y ahora tras más de un año, comienzo a reconectar con mi nuevo aspecto, a mirar el nuevo y hermoso color de mis alas.
Porque las noches oscuras del alma hacen que cada vez que rompes esa crisálida, brilles con más pureza y pulcritud. Y con humildad te digo: te acompaño, aquí estoy, me pongo a tu servicio.
Olibama Hernández

Deja una respuesta