Ser puro es recibir a tu esencia
sin preocupaciones
y sin más ocupaciones.
Es abrazar tus errores sin juicio,
con ese amor universal que se pone a tu servicio,
que no se resigna,
pero que acepta lo que un día hizo.
Es el aplauso de lo que significa ser humano;
perfección e imperfección que se cogen de la mano.
La pureza del ser es Ser,
dejarse ser,
y dejarse recibir.
Es abrirse a la gracia del Universo,
a la gracia del cielo abierto,
de aquel que nos cobija
y nos da libertad de vuelo.
La pureza del ser
es servir de canal
a algo más grande
que no comprendemos.
La pureza del ser es estar presente,
eso es lo cierto.
No en el ayer
ni en el mañana incierto,
sino en cada respiro
y en cada pálpito abierto.
La pureza del ser
es desnudarnos,
caminar descalzos y sin prejuicios,
jugar como niños,
abiertos a las emociones
y sin artificios.
La pureza del ser
es aceptar la ardua tarea
de encarnar al ser humano,
encarnarlo y amarlo.
Amarlo por encima de todo lo visible,
por encima de todo lo tangible,
de todo lo posible.
La pureza del ser es Ser.
La pureza del ser
es simplemente recibir y servir,
recibir y obsequiar,
recibir y entregar.
Recibiendo para prendernos,
y dar para prender.
¡Prendamos nuestros corazones, pues!
Olibama Hernández

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