Donde el faro espera

A lo lejos, en el horizonte, un caminante vislumbraba un faro cuya luz intermitente rompía la monotonía de la oscuridad. A veces, esa luz llegaba hasta él, iluminando su camino, llenándolo de entusiasmo y seguridad. Pero en otras ocasiones, la oscuridad lo envolvía por completo, y en esos momentos, la inseguridad se apoderaba de su ánimo.
«Qué aburrido, cansino y desesperante es este camino.» – pensaba

En su marcha, divisó la figura de un hombre a lo lejos, y sintió un escalofrío recorrer su espalda. La oscuridad le infundía miedo, pero decidió continuar hasta que se encontró cara a cara con el desconocido. Con el corazón acelerado, le preguntó:
—¿Qué haces aquí?
—Lo mismo que tú —respondió el hombre, con una serenidad que contrastaba con la ansiedad del caminante.
—¿A qué te refieres? —insistió.
—Estoy buscando la luz hasta el faro por este sendero.
—¿Y por qué te detienes? —preguntó el caminante, desconcertado.
—Me estaba tomando un respiro… —contestó el hombre, como si fuera lo más natural del mundo.
—¿Para qué, si hay que llegar? —replicó el caminante con impaciencia.
—¿A dónde? —inquirió el hombre, con una leve sonrisa.
—¡Al faro!
—¿Y cuando llegues, qué harás? —le preguntó el hombre.

El caminante se quedó en silencio. Nunca se había planteado esa pregunta. Había estado tan enfocado en llegar, que jamás pensó en lo que haría al alcanzar su destino.

—Yo era como tú —continuó el hombre—: ansioso por llegar, luchando por mantenerme en el camino, incluso en la oscuridad andaba sin parar. Me sentía abrumado, cansado, enfadado, y a veces con miedo. Y cuando la luz brillaba, había también una ansiedad oculta detrás de mi ilusión por llegar.
—Pero, ¿qué te hizo parar? ¡Hay que llegar! Cuando lo consigas, estarás bien. ¡No lo entiendo! —exclamó el caminante, confundido.
—No. Párate. Párate un momento —sugirió el hombre con voz tranquila.

En ese instante, la luz del faro desapareció, sumiéndolos en la oscuridad más profunda. El silencio se hizo presente, y el hombre dijo suavemente:
—Escucha…
—¿Qué debo escuchar? ¡Debemos seguir caminando! —protestó el caminante, inquieto.
—Escucha, cálmate… y abre bien tus sentidos —insistió el hombre.

El caminante, a regañadientes, intentó calmarse. Poco a poco, el mundo a su alrededor empezó a cobrar vida de una manera que nunca antes había notado. Escuchó el susurro del trigo agitado por el viento, percibió el olor a tierra mojada, y en su boca sintió el sabor salado del sudor. La caricia del aire en sus brazos le trajo un inesperado consuelo y, por primera vez en mucho tiempo, levantó la vista y contempló el brillo de las estrellas que un día fueron. Su aliento salió cálido en contraste con el frío de la noche, y al exhalar, un suspiro de alivio escapó de sus labios.

De repente, la luz del faro volvió a brillar, pero esta vez el caminante no se movió. Se quedó quieto, observando el brillo del mar a lo lejos, el verde oscuro de la hierba bajo la luz tenue, y las flores que descansaban en la calma de la noche. Y suspiró.

—¿Ves por qué me he detenido? —preguntó el hombre—. Porque hay belleza en el camino, si es que existe uno. Me di cuenta de que, cuando llegase al faro, no habría llegado a ningún lugar. Si no experimento el camino, no habré logrado nada.
Así que este sendero, o cualquier otro, me enseñan lo mismo: a disfrutar del proceso. Caminaré por un sendero lleno de momentos de oscuridad absoluta y de otros guiados por la luz. Pero es en el camino mismo, en su totalidad, donde reside la belleza. Cuanto más lo saboree, más lo disfrute e integre en mí, haciéndome uno con él, más hermoso se volverá.

Al fin y al cabo, elija el camino que elija, siempre habrá luces y sombras. Así que avanzaré con calma, seguro de mis pasos, viviendo cada cosa que se me presente y tomándome un respiro cuando lo necesite.
Porque solo así, cuando llegue a ese lugar al que todos llegamos al final, podré decir que he vivido lo suficientemente profundo como para sentir que finalmente he llegado… a ningún lugar.

Olibama Hernández

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