En el abrazo de mis pómulos, que alzados por el sonido de tu risa, escondieron mis comisuras al escaparse mi sonrisa.
En el abrazo de quien me arropó con su atenta escucha.
En el intenso abrazo de una ola que logró hallarme, desnudarme y liberarme.
Y en el de aquel beso que rodeó mis labios y me hizo sentir soñada.
En el vibrante abrazo de la música que rodeó mi pecho y me sumergió en una espiral de movimiento.
En el de mi sofá acolchado que me dio refugio y en el de aquel ángel que me cobijó en mis días sombríos.
En el abrazo del espejo que me devolvió la belleza olvidada. Y en el del honesto “gracias” que me regalé el día que recordé mi valía.
En el de aquella montaña que me dejó sin aliento en su cima y me susurró que sí se podía.
En la brisa de ese día que me envolvió, me hizo mirar al cielo y me brindó este instante de inspiración.
En el abrazo de mí misma, y de todo lo que soy.
Porque incluso cuando no lo veo,
estoy rodeada de ternura.
Abrazada.
Amada.
Por la belleza misma de la vida,
que nunca deja de tocarme.
Olibama Hernández

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