Sobre ti, sobre mí… ¿qué más da?
Al final, ¿acaso no hablamos de lo mismo?
¿No hablamos, siempre, de la condición humana?
Tú y yo — humanos.
Distintas personalidades, historias y matices…
pero la misma raíz.
¿Por qué creemos estar separados?
¿Por qué creemos que el otro no nos entiende?
¿No será que lo que buscamos entender
es nuestra propia esencia?
No se trata de ti.
No se trata de mí.
Se trata de recordar lo que somos.
La condición humana nos une:
una misma consciencia
sosteniendo nuestras vidas.
Hemos compartido los mismos dolores,
las mismas preguntas,
los mismos anhelos…
una y otra vez,
a lo largo del tiempo.
Entonces, ¿importa tanto el problema,
o importa cómo lo abordamos?
Y… ¿cómo abordarlo si no hemos experimentado el Amor?
No hablo del amor que imaginas.
No hablo de romance,
ni de emoción efímera.
Hablo del Amor que unifica:
un amor sin juicio,
neutral, sin comparación.
Un amor que no espera,
no se detiene,
no se cree especial.
Ese Amor es
el estado natural de lo que somos.
Es Dios, en sí mismo,
latente en cada uno.
Pero qué difícil es entenderlo…
Crees conocerlo
y el día que lo experimentas de verdad
te desmoronas.
Lo que creías amor ya no lo es,
y vuelves a anhelar sentirlo.
Y mientras más lo fuerzas, menos llega.
Porque este amor no se busca.
No se lucha.
No se pretende.
Este amor simplemente es.
El camino de regreso al amor
no es un mapa,
es una frecuencia.
Y para caminarlo
solo queda una opción:
vivir sintonizados con esa frecuencia
una y otra vez,
hasta que se vuelva nuestra respiración natural.
Yo estoy en ello.
Y lo hago sin prisa,
sin exigencia,
porque este amor nunca me apura.
Solo me llama, suave,
a reencontrarme con él.
¿Quieres hacerlo conmigo?
Olibama Hernández

Deja una respuesta